domingo, 7 de mayo de 2017
Nonagésimo octavo aniversario del natalicio de la Jefa Espiritual de la Nación
Así como el destino me hizo ser la esposa del General Perón, vuestro presidente, me hizo también adquirir la noción paralela de lo que significa ser la esposa del Coronel Perón, el luchador social. No se podía ser la mujer del presidente de los argentinos, dejando de ser la mujer del primer trabajador argentino. No se podía llegar al encumbrado e inútil sitial de esposa del General Perón, olvidando el puesto de tesón y de lucha, de esposa del antiguo Coronel Perón, el defensor de los descamisados.
Me lo hubieran permitido el protocolo, las costumbres de nuestro país, la línea de menor esfuerzo, la inercia, la vanidad, la satisfacción, el prurito de ignorar estando arriba , aquello que está abajo, fuera de la pupila. Nadie me hubiera recriminado ser solamente la esposa del General Perón, confundiendo mis deberes de sociabilidad con mis deberes sociales. Pero me lo hubiese impedido el corazón. Me lo hubiese recriminado diariamente esa pasión de trabajo, esa Fe iluminada y esa permanente inquietud por su pueblo, que caracteriza al General Perón. Por eso, compañeras, mi acción social irá ensanchándose, en la medida que se ensanchan las heridas y las necesidades de ese noble y cálido pueblo de cuyo seno he salido. No tengo otra vanidad, ni otra ambición, que esa: servir, ser útil, volcarme en la inquietud de cualquiera de los millones de mujeres que ahora poseen un claro sentido de su deber y una noción real de sus derechos.
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